sábado, 22 de mayo de 2010

Despropósito solidario


Esta que os voy a contar es la última barrabasada de nuestra televisión. Esta es la historia de un hombre apostado a la intemperie en las calles de Hamburgo que cometió el error de no molestar a nadie. Es el cuento de un hombre que se vio rodeado por titanes vestidos de rojiblanco cuando seguía sin molestar a nadie. Es la historia de ese mismo grupo de hombres jalonados por un periodista al que no se si acusar de mala praxis, de mala fe o de mala leche. Es la historia que ha levantado revuelo, que ha aturullado las redes sociales y que ha demostrado que las vergüenzas sociales no conocen de dueños y van más allá de los platós del corazón.

Ha pasado más de una semana desde la final de la Europa League, tiempo suficiente para analizar la escena que les cuento, protagonizada por Manolo Lama. El conocido periodista deportivo español se había desplazado hasta la ciudad alemana para retransmitir en directo la final que a la postre ganaría el Atlético de Madrid frente al Fulham inglés. Pero antes del partido el comentarista madrileño en una conexión en directo fijó su atención en un indigente que se vio acorralado por el citado grupo de forofos españoles, un “periodista” armado con un micrófono y una cámara que recogió su semblante asustado mientras quienes os cuento alardeaban de una impuesta solidaridad frente a las cámaras y hacían su buena obra del día con cuatro euros de limosna, un móvil y una tarjeta de crédito. La frialdad y frivolidad de la imagen contrasta con el encogimiento del protagonista y el estupor de quienes veíamos las imágenes.

No voy a recriminar tanto la acción, que se censura por sí sola, como lo innecesario de la escena y la nula aportación periodística de la retransmisión. Es lícito en tiempos de fuerte competencia audiovisual grandes dosis de creatividad e ingenio para diferenciarse de la competencia, pero siempre guardando unos límites que, desde luego, no pueden vulnerar los derechos de imagen de los ciudadanos, y menos aún la discriminación de aquellos que por circunstancias personales se encuentran desprotegidos.

El despropósito de Manolo Lama, cuyas disculpas fueron soberbias y su arrepentimiento fingido, pueden salirle caras a la cadena Cuatro. La Secretaría de Estado de Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información ha abierto un expediente de oficio a la cadena que puede traducirse en una sanción de un millón de euros por vulnerar el artículo 57.1 de la recientemente aprobada Ley General Audiovisual.

Más allá de la sanción económica, este incidente, pese a las miles de quejas recogidas por parte de individuos anónimos, parece que no tendrá mayores consecuencias para el periodista español. Pero este episodio no debe caer en el olvido. De nada sirve la aprobación de leyes, de nada sirve la denuncia continuada de determinados programas, de nada sirven los horarios protegidos y los debates sobre contenidos televisivos. De nada sirven, digo, si nuestros periodistas olvidan el respeto por los derechos del ser humano, si olvidan el compromiso que adquirieron con su audiencia, y si olvidan que es inherente al hombre la posibilidad de errar, pero más aún, su capacidad para aceptar y aprender de estos errores.

(A pesar de este incidente, creo firmemente que futbol y solidaridad pueden estar unidos. Este año se retiraba del deporte rey uno de los grandes, uno de mi Athletic, Joseba Etxeberría, que ha destinado el sueldo íntegro de su último año como profesional a una ONG y me ha recordado porqué que el futbol puede ser maravilloso.)

martes, 11 de mayo de 2010

The Globish


Cuando éramos pequeños era muy fácil hablar idiomas. En mi clase todos hablábamos, euskera e inglés. Y si no los hablábamos los inventábamos. Cualquier palabra que quisiéramos traducir al euskera le añadíamos una “A”. En inglés lo mismo pero con la terminación “Ción”, valga la redundancia y la rima. Era una manera muy simple de hacernos entender y estoy segura de que no éramos los únicos escolares en utilizar ese método. Así, árbol se convertía en “arbola” o dictado en “dictación”, eso si, la primera con acento más rudo del habitual, la segunda con tonillo anglosajón. Ahí no había torre de Babel que valiera, no nos hacía falta hablar una misma lengua, porque con nuestro método todos nos entendíamos y todos éramos bilingües.

Después llegaron las clases particulares, las escuelas de idiomas, los exámenes oficiales, y las cosas se ponían más difíciles. El inglés, nos decían, es imprescindible en el mundo laboral. Sin embargo los españoles me parece que no lo creímos. Los porcentajes señalan que España es uno de los tres países europeos con más adultos que no hablan un segundo idioma. Otro dato dice que solo el 25% de la población habla (o chapurrea) inglés. El lenguaje de los negocios, nuestra forma de abrirnos al mundo, el idioma internacional, no nos entra en las cabezotas españolas. Pero a grandes males, grandes remedios y de las cintas que te enseñan vocabulario mientras duermes hemos llegado al Globish, último método inventado para aprender un idioma rápido y mal.

El Globish. Según os lo cuente os vendrá a la cabeza ese gentleman inglés (que yo sinceramente creo de Burgos) que anuncia por la radio el “aprende inglés con mi metodou” (“porque nueve de cada diez alumnos ganan un diploma de Cambridge que fabrico yo en mi propia casa con unos folios y unas pinturicas”). El Globish es una versión simplificada del inglés que utiliza únicamente 1.500 palabras para construir las conversaciones inglesas más comunes. Globish, neologismo de los términos Global y English, y creado por Jean Paule Norriere un presidente jubilado de IBM, es un inglés sintético, de gramática sencilla y creado para el mundo de los negocios internacionales. Su escenario de utilización puede ser una cumbre económica, un congreso de medicina o una feria de electrónica, y aunque no quería ser yo quien pusiera las primeras pegas a esta herramienta, cuesta creer que dentro de esas 1.500 estén incluidos todos los términos necesarios para expresarse en dichos eventos. (¿O peco yo de muy crítica si pienso que “anastomosis” en inglés es útil para unos y poco preciada en una cumbre de cerebros electrónicos?)

Dice su creador que patentó el término Globish tras percatarse de que un mexicano y un chino se entendían mejor que un mexicano y un estadounidense. Sorprendido por esta revelación creó esta lengua artificial, que dice ser tan solo una herramienta de comunicación, para denominar el inglés que se emplea en Estambúl o Montevideo. Nos recuerda que el inglés debe ser el idioma patrimonio de todos los ciudadanos y nos advierte de que con este método no podremos leer a los grandes escritores anglosajones. Con Globish no hay Oscar Wilde, no hay Mark Twain y no hay JK Rowling. (Aunque yo sigo pensando que disfrutaré del término “Anastomosis”)

He de suponer que el Globish no triunfe en España, más aún cuando tendría que lidiar con un duro oponente, el Spanish, que es más castizo y de tal renombre que hasta tiene una película. Y es de Hollywood, así que mala no puede ser. Ironías aparte, el globish corre el riesgo de llevar a un incorrecto y vago aprendizaje del inglés. El estudio de un idioma requiere esfuerzo, tiempo y una actitud positiva. Es la base de la comunicación social y un aprendizaje incompleto solo puede llevar a problemas de comprensión.

Llegados a este punto empiezo a pensar que Gobierno y oposición han intentado entenderse en Globish y de ahí el nuevo fracaso en el pacto de Educación. Yo, por mi parte, llevo muchos años aprendiendo inglés. Puedo incluso contar la experiencia de haber sido engañada por Openning, que me dejó en la lección 27 y no me enseñó los Phrasal Verbs. Y tengo claro cómo no quiero aprenderlo, ni cómo empobrecer lo que ya sé. Y si a pesar de todo para hacerme entender tengo que utilizar el viejo método, para mí la anastomosis será “anastomocion”. Me entenderán, y yo, tan happy. (“Feliz” para los no-Globishparlantes).

lunes, 3 de mayo de 2010

Mi protagonista: Irena Sandler

La figura de Irena Sendler nunca ha tenido la trascendencia de Oscar Shindler o Ana Frank, a los que el cine y la literatura encumbraron como héroes de la segunda guerra mundial. Yo conocí su historia a través de una amiga, baluarte de causas solidarias, decidida a saldar la cuenta que la historia tiene con esta heroína del gueto de Varsovia que murió sin recibir el premio novel de la Paz. Nacida en Varsovia en el año 1910 esta enfermera polaca se ganó a pulso el sobrenombre de “Ángel del gueto de Varsovia” al salvar a más de 2.500 niños judíos del exterminio nazi.

Su hazaña empezó en el año 1942. Irena era miembro del Consejo para la Ayuda de Judíos, Zegota, que luchaba contra las enfermedades contagiosas que asolaban el campo judío de su ciudad natal. En su antebrazo una estrella de David, como medida para pasar desapercibida y como respaldo a las familias encerradas en el gueto. Con ese instinto maternal que solo alcanzan a entender quienes ya han tenido descendencia se impuso la tarea de salvar cuantas pequeñas vidas le fuera posible. Para ello se sirvió de ambulancias, sacos, cestas de basura, cajas de herramientas y otros tantos medios de transporte improvisados con los que conjuró la fortuna de aquellos niños a los que ayudó a escapar, salvó de una muerte segura y a los que encontró nuevas familias lejos de los campos de concentración.

Una red alternativa de adopciones que no fue fácil de construir por la desconfianza de quienes veían marchar a sus hijos y a sus nietos, su desesperanza y el temor a una más que probable separación definitiva. Irena, incansable, reclutó ayuda de los Centros de Bienestar Social y cual coyote elaboró cientos de documentos de adopción e identidades falsas de los que conservaba un estricto registro con el que reuniría a las familias en tiempos de paz. Fue descubierta, detenida por la Gestapo, torturada y sentenciada a muerte, pero se aferró a aquella información con tal convicción que ni una sola de aquellas direcciones salió de sus labios.

Escapó de la ejecución como se escapa siempre de estas muertes pactadas, gracias a un soborno que le permitió seguir con su desinteresada labor, y con una identidad falsa con la que recuperó los registros de las adopciones enterrados en frascos en un patio vecinal. Terminó la guerra e Irena reunió cuantas familias pudo, la gran mayoría separadas para siempre por el filo del exterminio.

Cuenta que fue su padre quien le dijo: “Ayuda siempre al que se está ahogando, sin tomar en cuenta su religión o nacionalidad. Ayudar cada día a alguien tiene que ser una necesidad que salga del corazón”, y Irena lo llevó hasta sus últimas consecuencias. Pasó los últimos años de su vida amarrada a una silla de ruedas por las secuelas arrastradas por la tortura. En su habitación las paredes se forraron con las fotografías de muchos de aquellos niños que la recordaron, que la buscaron, que le agradecieron, pero que no consiguieron que quedara con la conciencia tranquila, convencida de que podría haber hecho mucho más.

Murió hace dos años. Ni entonces ni años atrás, en medio del horror, quiso reconocer su propia grandeza, y contaba que se limitó a cumplir la única misión humana que sentía posible, salvar vidas. Por ellas se jugó la suya. La historia tiene una deuda con ella, por su fuerza, por su valor, por su convicción, por ser una heroína sin querer serlo, por ocupar un puesto que no le competía, por ser la madre de los niños del holocausto. Hoy mi protagonista, y este relato de su historia, mi homenaje para colaborar a saldar esa deuda.

sábado, 1 de mayo de 2010

La Nueva Televisión


La Ley General Audiovisual se pone en marcha. El paquete de medidas aprobadas por el Congreso el pasado 18 de marzo reformarán a partir de hoy, al menos en la teoría, los contenidos de las cadenas de televisión. En la práctica mucho, y bien, han de cambiar las cosas para que esta reforma convierta, tal y como pretende, nuestras televisiones en productos de calidad. Una valiente apuesta del gobierno cuya eficacia solo se verá pagada por el compromiso que adquieran las cadenas televisivas.

Y hablo de compromiso porque este será más que necesario para respetar una ley que a todas luces parece estar hecha de cara a la galería. Una ley que a partir de hoy prohíbe escenas de violencia gratuita o pornográfica en series, películas o programas de televisión. Desconozco las características que determinan la gratuidad de estas escenas y sobre todo no concibo cómo desterrarlas de nuestras cadenas tan acostumbrados como estamos a disparos, trifulcas, peleas de gallos (del corazón, no de corral), pechos traviesos, sangre en los toros, guerras en telediarios y demás actos impúdicos.

Pero vamos más allá porque ley hay para todos y también para los programas esotéricos y paranormales cuya emisión se destierra desde hoy a las diez de la noche. Iker Jimenez y hermanos se verán obligados a pernoctar y yo me atrevo a sugerir que, con ellos, se incluya a nuestros representantes políticos con declaraciones, promesas e intenciones más cercanas a alienígenas que al más común de los humanos. Los programas de juegos de azar se retrasan aún más, a la una de la madrugada, salvando la Lotería, que tiene finalidad pública, y puestos a hacer excepciones que sea una que nos beneficie a todos. Eso sí, de los concursos de rubias pechugonas que nos prometen cielo y tierra a cambio de una llamada que nos cuesta sueldo y medio esta Ley no dice nada, aunque he de suponer que la ligereza con que visten a sus presentadoras los enmarca directamente en el rango de programas pornográficos y por tanto prohibidos.

La ley señala también que los contenidos no aptos para menores deberán ir precedidos por un avisador acústico y visual para que los comprometidos padres que sienten a sus hijos delante de un televisor sean informados de los contenidos inadecuados para sus vástagos. Yo propongo que este indicador sea algo tradicionalmente infantil y algo castizamente español, por ejemplo, una canción de Marisol, o de Joselito. Parece absurdo, pero intenten imaginar cuatro o cinco horas de Sálvame escuchando “La Vida es una Tómbola” o “Campanera” cada vez que Belén tome la palabra, y rían conmigo.

Por último la Ley General Audiovisual regulará la publicidad. No se preocupen quienes se asusten ante la posibilidad de perder sus minutos de asueto personal (por decirlo de forma políticamente correcta) porque la ley será considerada con ellos. Hasta veinte minutos de publicidad por hora serán permitidos, lo que viene a ser una de cada cuatro horas, tiempo suficiente para decidirse a coger un libro.

Después de este repaso, comprometidamente irónico, y aunque parezca un embuste, yo veo con buenos ojos esta nueva ley, si bien no confío en su cumplimiento ni en la austeridad de los castigos que se impongan a quienes no la cumplan. Por ello considero necesario el compromiso de cambio por parte de las cadenas de televisión y con él la existencia de un organismo recto que las controle y que sepa discernir entre el cumplimiento de esta ley y la censura en los medios de comunicación.

(A la espera de resultados yo me contento con saber si una pantorrilla traviesa que cede ante una ráfaga de aire y se muestra en todo su esplendor es considerado desnudo gratuito y tendré que observarla al ritmo del pequeño ruiseñor).

miércoles, 28 de abril de 2010

Trabajos Inventados

“Podría ser cartero de Neruda,
pescador de estrellas, navegando en la luna,
piloto de cometas, explorador de abismos,
quizá recolector de gotas de rocío”


Son trabajos fantásticos Quien les canta es Ismael Serrano, artista al que venero con la misma intensidad con que mi abuela defiende las grandes verdades de este mundo cantadas por Don Armando Manzanero. El cantautor madrileño presenta su último disco “Acuérdate de vivir” con esta canción, un ejercicio de imaginación, mitad realidad, mitad entelequia que tal como van las cosas va a ser el último de los recursos a los que va a poder agarrarse el ministerio del señor Corbacho.

Llevaba yo días dándole vueltas a esta canción y ayer decidí que era hora de que mi imaginación ayudara al bueno de Ismael, si bien con ideas menos remilgosas y pastorales. Ayer nos enterábamos de que la tasa de desempleo en España ha cerrado el mes de marzo por encima del 20%, hecho que ha convertido mi ayuda en una necesidad apremiante. Me he puesto a la tarea y he aquí mis primeras ideas de trabajos cuentistas:

Deshollinador de volcanes con buzo, escoba y mocho propios.
Animador diurno con nociones de protocolo. Referencia: Sonsoles Espinosa. Se valorarán aptitudes óptimas en la elaboración de bocadillos de calamares y en bailes típicos. Especial interés por el Sirtaki y la Conga.
Destapador oficial de tramas Peperas. Formación continuada instruida por Esperanza Aguirre y con la colaboración de Lydia Lozano.
Investigador de los efectos nocivos de los nuggets de pollo sobre el macho español y su relación con el aumento de las ventas de mallas ajustadas.

Cualquier parecido con la realidad se convertirá en veraz con el tiempo. Mientras siga el baile de cifras de aumento del paro os invito a que acompañéis a mi imaginación a esta jarana de ideas donde todo es posible, donde encontraremos con qué dignificarnos y donde, como reza Ismael, lo único importante es que nos acordemos de vivir.

lunes, 26 de abril de 2010

Hoy pienso en...


Este no es un discurso derrotista, ni revolucionario. No sé si tan siquiera llega a ser una reflexión. Es un pensamiento simple, libre, como debieran ser todos. Es inconsistente, sin datos estadísticos, sin pruebas, sin testimonios. Es un juicio de alguien que se acerca cada día a la realidad, que lee los periódicos, que ve, que escucha y que se hace preguntas, como muchos otros con los que no he hablado pero sé que están. Hoy pienso en el poder.

Hoy pienso en Nietzsche apuntando “Donde quiera que encuentro una criatura viviente, hallo ansia de poder”. Hoy pienso en los que están por encima de otros. Hoy pienso en los que nos representan, en los que vigilan nuestra seguridad, en nuestros guías. Hoy pienso en todos ellos, en su autoridad. Hoy pienso en su forma de escupir sobre la confianza que se les supone. Escarnio en forma de billetes, contratos de obra o favores sexuales.

Hoy pienso en cine: “Yo te declaro culpable. Culpable de traición a la raza humana, culpable de traición a la patria, culpable de traicionar tu juramento y con el poder que se me ha otorgado por mandato divino yo te condeno al noveno círculo del infierno”.

sábado, 24 de abril de 2010

GLEE


Tengo una amiga con una curiosa teoría televisiva “Toda serie americana que se precie ha de contar con un negro, un chino y un gay”. No tengo datos fiables que avalen su teoría pero la serie de la que vengo a hablar la cumple, es el fenómeno Glee.

Flamante ganadora de un Globo de Oro a la mejor comedia y el Premio del Sindicato de Actores de 2009, Glee parte de una premisa muy sencilla: Todos los estudiantes de institutos americanos se dividen en dos grupos, a saber, gente guapa y gente difícil de ver (que no seré yo quien les llame feos). Si la serie o película de turno sigue la regia línea estadounidense, en algún punto de la trama ambos grupos se adherirán provocando el caos y el desconcierto de los escalafones de popularidad del instituto.

El estereotipo no se rompe en esta serie musical, que nació con intención de largometraje, y a la que es difícil no comparar con la saga High School Musical, éxito de taquilla y cantera de ídolos juveniles. Cuenta con su propio joven y cautivador deportista convertido en cantante, su cenicienta antisocial en busca del estrellato y su gay de manual enfundado en mallas y luciendo movimientos afeminados en coreografías de Beyoncé. Todos ellos, olvidan sus descomunales diferencias y se unen para formar un coro e interpretar clásicas y modernas sonadas cuya simple escucha hubiera alertado a la SGAE y a la mismisima González Sinde. Pero el compositor Billy Joe o la cantante Rihanna, entre otros, no son Ramoncín y han cedido sus canciones para esta serie, que estereotipos aparte, tiene mucho que ofrecer.

Glee tiene algo que engancha. Los personajes son fieles a si mismos, y no adolecen de una lacra que se observa cada vez mas en las series de ficción españolas, la desvirtualización de los personajes. Los jóvenes cantores están bien definidos, músculos y glúteos aparte, lo que permite que las relaciones entre ellos y las tramas sean y parezcan coherentes. Cada capítulo se centra en un tema independiente al que acompañan entre cinco y ocho actuaciones musicales, alguna siempre meliflua, romanticota, que eso siempre vende y no hay que olvidar que en el fondo y en el frente la serie es juvenil. Los personajes, los escenarios, el vocabulario, están dirigido a un público adolescente, pero en esta parcela en la que se mueve, Glee es un oasis bien dirigido, con buenos guiones y grandes dosis de humor afilado e irónico que han enganchado también al público adulto. Entretenida, fresca y graciosa, sin más pretensiones.

Me gustan las series juveniles que saben destacar y que cuando parece que las ideas televisivas se agotan nos enseñan una nueva forma de ver la realidad. Lo consiguió la inglesa Skins, y Glee lleva el mismo camino. Y que el ritmo no pare.

(No puedo quedarme sin comentar que he soñado con la versión española de esta serie, con algún actor autóctono venido a menos como protagonista – véase Jorge Sanz- y un amplio elenco de pequeños actores reciclados de otras series- véase Teté o Currito Serrano- acompañados de otros tantos concursantes de OT, Fama, o la Cocina del Infierno en paro. No quiero ni imaginarlo)